Lecciones de pintura de Manuel Sosa

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lince iberico (lynx pardina)

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:

- "Por las plumas"-
Lince y Perdiz Roja
• Oleo sobre lienzo 100 x 81 cms de Manuel Sosa © 2005

Pintura de Lince iberico de Manuel Sosa


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Firmadas a mano y barnizadas.
52 x 39 cms.. Mas informacion
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CUADRO ORIGINAL

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Lince ibérico

Retrato del Lince ibérico


En algunos de los más solitarios e intrincados montes de las serranías de la península Ibérica, allí donde los brezales son más espesos y las jaras se entrelazan para constituir marañas infranqueables; entre las más grandes madroñeras, lentiscos y retamas, donde los jaguarzos son más altos y la espesura de adelfas y zarzales que bordea el arroyo es más tupida; allí donde las peñas son más ásperas y las encinas y los alcornoques más viejos, habita todavía el único gran felino de la fauna mediterránea: ellince.
Si imagináramos un carnívoro perfectamente adaptado al medio que acabamos de pintar -un medio que por sus duras condiciones impone
las más acabadas y exitosas "innovaciones" a las criaturas que lo
pueblan-forzosamente tendríamos que pensar en un animal capaz de subir de un salto por las escarpadas peñas o los, añosos alcornoques, capaz de moverse sin ser visto y silencioso como una sombra entre las espesas marañas, una fiera dotada de tal vigor, audacia, eficacia y, por consiguiente, belleza, que retrataría al lince. Porque el lince es una maravillosa síntesis de los atributos que necesita un predador de tamaño medio para prosperar en el matorral mediterráneo, cazando en solitario una gama de presas qu~ van desde el ratón al ciervo. El corto y apretado pelaje permite al lince moverse sin dificultad entre las resinosas jaras y el punzante Il1onte; las manchas negras que tachonan su capa le prestan un mimetismo que le hace desaparecer prácticamente en el caprichoso juego de luces y sombras de la maleza; la cola, muy corta por no ser necesaria para estabilizar la carrera o el salto desde un árbol -ya que esta fiera raramente emplea tales técnicas-no delatará nunca al gran cazador con el nervioso movimiento que no suele faltar en los félidos de cola larga; las acolchadas y robustas patas, que, accionadas por una potente musculatura, proyectan al gatazo sin producir ningún ruido perceptible entre las más secas ramillas y las piedras más inestables, están armadas de uñas largas y amadas que permanecen perfectamente ocultas en sus vainas para proyectarse como garfios afLladísirnos cuando unos músculos especiales tiran de ellas en e! momento de! combate, capacitando al lince para enfrentarse con presas que superan ampliamente su peso; las cortas mandíbulas, en fm, movidas por poderosos músculos masticadores, concluyen con la profunda y sostenida dentellada el trabajo de aprehensión de las garras.
Las grandes patillas, que enmarcan su hermosa cabeza y dan al lince una apariencia tan soberbia, también tienen su misión, pues desvÍan la atención de la presunta presa, y donde se debiera distinguir a la amenazadora fiera lista para el salto sólo se ve uno de los tantos claroscuros de la maleza. Conviene llamar la atención en este punto respecto a la sorprendente similitud que presentan los rostros de dos especies tan lejanas en la escala zoológica como un mamífero y un ave: el lince yel búho real. Este parecido ya no nos resultará tan extraño si recordamos que ambos son grandes cazadores nocturnos especializados en la misma presa, el conejo, y que ambos se desenvuelven en idénticos biotopos. Una vez más queda con esto bien patente que la naturaleza coincide muchas veces al dotar a sus criaturas, pues para resolver idénticas necesidades se vale de idénticas soluciones, en un proceso que se conoce científicamente como evolución convergente.
Las enhiestas orejas del lince, rematadas en su punta por un pincel de pelos con e! fin de descomponer al máximo la sospechosa redondez de los pabellones auriculares, son verdaderas pantallas capaces de recoger e interpretar e! más leve sonido. Además, estos pinceles están constituidos por cerdas similares a las que rematan la cola de los ungulados, y ello hace pensar que pueden cumplir una misión análoga a la de éstos, es decir, la de espantar los molestos insectos. ASÍ, a un lince sesteando durante e! agobiante mediodía, plagado de tábanos y mosquitos e incapaz de valerse de su corta cola para ahuyentarlos, le bastará con volver ligeramente la cabeza y agitar las móviles orejas para verse libre de ellos. Y, por último, lo más expresivo del lince, tan característico que incluso ha rodeado a este animal de una aureola mítica: su famosa vista. Los increíbles ojos amarillo verdosos, asombro de todos los que por primera vez observan este felino, hicieron pensar que su vista era tan penetrante que podía traspasar las piedras, en analogía con la de Linceo, piloto de los argonautas e hijo de Arene, capaz de ver las, cosas a través de los cuerpos opacos. Porque este héroe mitológico griego no sólo dio su nombre al lince, sino que también le cedió su leyenda, y no sin cierto fundamento: la vista de! lince es realmente extraordinaria y, lo que resulta más notable, de una increíble capacidad para ver con escasa luminosidad.
Para demostrar palpablemente la agudeza visual del lince, el biólogo alemán Waldemar Lindeman, que ha dedicado muchos años al estudio de la hermosa fiera, crió dos ejemplares desde cachorros, acostumbrándoles a capturar presas habituales como ratones, conejos y liebres. Posteriormente, los introdujo en una elevada garita, desde donde podían ver perfectamente el terreno que tenían delante. Un ayudante, que permanecía oculto, al recibir una señal luminosa del investigador tiraba de una cuerda que arrastraba diferentes animales. Al verlos desde su torre, los linces reaccionaban de un modo agresivo, tratando de abalanzarse sobre ellos. Así pudo comprobar Lindeman que el lince ve un ratón a setenta y cinco metros, una liebre a trescientos y un corzo a medio kilómetro. Puede afirmarse, pues, que los linces gozan de una vista realmente envidiable.

 

corzo.jpg

— Corzo
- EL ULTIMO LINCE -
Propiedad de su alteza Real El rey Felipe VI
• Oleo sobre lienzo 73 x 54 cms Manuel Sosa © 2003

Pintura de Lince iberico de Manuel Sosa


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El tamaño del lince mediterráneo no es demasiado grande, como no puede serlo el de quien pretenda pasar inadvertido entre el monte bajo. Apenas se conocen con exactitud las medidas de media docena de ejemplares, pues las tomadas por los cazadores generalmente no pueden tenerse en cuenta, ya que suelen exagerar el tamaño de las piezas abatidas. La longitud de los machos adultos varía entre los ochenta y los ciento diez centímetros desde la punta del hocico a la de la cola, que mide entre doce y trece centímetros; el peso oscila entre los doce y los veinte kilos, habiéndose cobrado algunos ejemplares extraordinarios que incluso llegan a superar esta última cifra. Las hembras son proporcionalmente más pequeñas y el peso de las adultas muy rara vez supera los catorce kilos. Pinturas de Lince.

El territorio del lince

El habitat del lince, su capa homocroma y sus costumbres recatadas hacen muy difícil su observación en la naturaleza. No obstante, las huellas de sus combates, las marcas olorosas de sus feudos y las observaciones en ejemplares cautivos han hecho siempre pensar que los linces son terriblemente exclusivistas y, fuera de la época del celo, viven completamente solitarios, administrando un territorio de tres a cinco kilómetros y defendiéndolo ferozmente contra cualquier intromisión. En el interior de su feudo, el lince iberico suele escarbar y después depositar sus deyecciones, recubriéndolas así, al menos parcialmente, con tierra o arena; pero en los límites del territorio no sólo no las tapa, sino que procura depositarlas en sitios destacados, como grandes piedras y troncos caídos, marcando así sus dominios con una eficaz frontera olfativa y también arañando la cortezá de determinados árboles. Estos límites son establecidos únicamente para los individuos de su misma especie y son recorridos una y otra vez por el lince en sus vagabundeos, renovando las marcas de propiedad y asegurándose de que ningún congénere haya osado violarlos. Una adaptación muy notable del lince y que le facilita grandemente la delimitación de sus territorios es la disposición especial de su apara-.o urinario, que le permite proyectar un fmo chorro casi nebulizado sin que el animal tenga que variar el paso sustancialmente. Así, un lince en su recorrido de campeo orina continuamente sobre las matas, las peñas y los troncos de los árboles, dejando un indeleble rastro que advierte a los congéneres de que aquel territorio ya está ocupado. La orina, además, presenta unas características especiales, pues sus sales se solidifican y de esta forma son mucho más persistentes las fronteras olfativas que señalizan.
Si en estas rondas de inspección se encuentran dos linces adultos, tienen lugar escalofriantes peleas, acompañadas de ensordecedores bufidos y roncos gruñidos totalmente desproporcionados con el tamaño de
los contendientes. En estas peleas deben jugar cierto papel las grandes patillas, que, sobre todo en los machos, están muy desarrolladas y deben confundir no poco al adversario. Muchas dentelladas y zarpazos que de otra forma habrían resultado fatales se estrellan inútilmente contra estos espesos mechones de pelo.
Fuera de la época de celo, el lince no tolera a ningún otro individuo de su misma especie dentro de su feudo y, en realidad, tampoco a ningún otro mamífero carnicero, a los que persigue con verdadero ensañamiento. Zorros, gatos monteses, garduñas, turones, meloncillos y hasta las escurridizas nutrias que habitan la misma zona que el lince han de estar constantemente alerta si no quieren sucumbir. Incluso algún perro ha dejado ya el pellejo en sus garras, y parece ser que algunos individuos con territorios cercanos a casas de campo o lugares habitados se han hecho verdaderos especialistas en la caza de animales domésticos.
Todos estos hechos no vienen sino a corroborar la enorme ifhportancia que el lince tiene en la naturaleza como regulador de la densidad de otros carniceros, entre los que el zorro es, desde luego, el más importante, ya que por tamaño y abundancia se convierte en su principal competidor ecológico. El lince lo ataca ferozmente siempre que se topa con él, y poco puede hacer el zorro ante la enfurecida masa armada de afiladas uñas y poderosos colmillos que se le viene encima. Como muy bien saben los hombres de campo, el número de raposos -que en algunos sitios se han convertido, al haber sido exterminados descabelladamente sus enemigos naturales, en la más seria amenaza para los cotos de caza menor-es muy bajo donde el lince abunda. Precisamente, éste es uno de los motivos principales por los que en España está prohibida terminantemente la caza y captura del lince. Lynx pardina

La Técnica de caza del Lince ibérico

El lince conoce sus dominios a la perfección. Sabe el emplazamiento de cada arbusto y de cada peña; conoce los terraplenes más querenciosos de los I conejos y sobre ellos sestea largas horas aun en pleno día, pero siempre atento al menor ruido que pueda proceder de una posible presa o también de un enemigo. Vigila los alcornoques en los que críanlas palomas bravías y recorre las orillas de los arroyos, espiando las gordas ratas de agua. Cuando llega la paridera de los jabalíes se mete por las manchas más cerradas intentando sorprender algún tierno jabató en un descuido de sus solícitas y terribles madres, y también sabe el encame de aquella vieja cierva enferma que, gracias al lince, no podrá contagiar a sus congéneres.
Dentro de su territorio, el lince se reserva las manchas de monte más tupido como escondite. Entre los grandes peñascos inaccesibles de la ladera, en el hueco del viejo alcornoque o donde el monte es tan cerrado que resulta imposible atravesarlo, a veces en la cueva del zorro
o del tejón, en los parajes más inaccesibles, en suma, tiene el lince su refugio principal. Éste se complementa con otras guaridas que podríamos llamar accidentales o de paso, sólo utilizadas cuando el día lo sorprende lejos de sus encames habituales. En realidad, como la gran mayoría de los felinos, nuestro lince actúa tanto de día como de noche y su mayor actividad nocturna está determinada en gran parte por la persecución de que es objeto. Ocurre así que, en las zonas donde no se le acosa, se mueve a cualquier hora del día, dependiendo únicamente su actividad de variaciones estacionales, pues es mucho más diurno en invierno que en verano. Con todo, hay que reconocer que el lince, magníficamente adaptado para cazar de noche gracias al oído fmísimo, la enorme capacidad visual nocturna y los largos pelos táctiles del hocico que le permiten desenvolverse perfectamente en la más intensa oscuridad, es fundamentalmente cazador crepuscular y nocturno. .
Como es lógico, las presas más fáciles de detectar en la noche son las que se muevt:!n y hacen ruido, es decir, otros animales carniceros y, sobre todo, los. roedores. Un lince de caza escucha atentamente los ruidos de la noche y los localiza e identifica con gran seguridad: desde el valle llega el sordo rumor producido por la piara de jabalíes que hoza bajo las carrascas; son animales demasiado fuertes para nuestro lince, pero, más acá, el enmascarado lirón roe insistentemente una bellota. Al instante se desencadena el mecanismo de ataque: con sorprendente rapidez y absolutamente silencioso, el lince se desliza hacia su presunta presa. De pronto, el chillido'1.argo y estridente del conejo agonizante rasga la noche. Entonces, olvidando incluso su propia seguridad, el lince desaparece velozmente hacia el punto donde ha sonado el grito agónico. No es sólo porque espere encontrar allí una víctima fácil, sino porque el agudo lamento delata a un competidor: el zorro, la garduña o un congénere que acaba de hacer presa y al qu~, impelido por el imperativo territorial, el lince expulsará de su feudo s'¡ no es derrotado en su combate.
Este hábito ha sido catastrófico para la especie desde que los montes de caza mayor co~enzaron a ser explotados por equipos de tramperos que aprovechan así la gran abundancia de conejos. Los linces acuden a los gritos de los conejos vivos que chillan en los cepos y, tarde o temprano, acaban cayendo en uno de ellos, desapareciendo la especie en breve tiempo de las zonas ocupadas sistemáticamente por cepos, con el consiguiente atunento de zorros, que, mucho más prolíficos y astutos, apenas caen en las trampas. Dado que la mixomatosis no hace demasiado rentables estas sacas de conejos, es absolutamente imprescindible que se prohíba totalmente este tipo de caza, al menos en las pocas zonas en que aún subsiste el lince. Un país civilizado no puede permanecer impasible mientras se extingue lentamente una de sus más hermosas e interesantes especies, por lo que esta prohibición terminante debe ser establecida con urgencia.

Los Linces del Coto de Doñana

En España se pueden distinguir tres zonas principales y bien diferenciadas donde aún habita el lince: las marismas del bajo Guadalquivir, los montes de las sierras centrales y las altas estribaci01\es de los Pirineos. Aunque parezca increíble, en esta última zona no se sabe con seguridad si existe y, en caso afIrmativo, si se trata del lince ibérico, más pequeño y moteado, o del nórdico, más grande y pálido.
La población del bajo Guadalquivir está limitada prácticamente al parque natural del coto de Doñana y sus alrededores, estimándose, a pesar de la tradicional abundancia de linces en aquella zona, que en total no existirán más de quince parejas. El hecho de que Doñana haya sido un privilegiado coto de caza con abundante y selecta guardería, así como el que en la actualidad esté tan frecuentado por gran número de científIcos, unido a la suavidad del terreno que facilita las observaciones, hace que el lince de las marismas sea el mejor conocido. El Dr. Valverde es, sin duda, el zoólogo que mejor 10 ha estudiado, y a él se deben gran parte de las siguientes observaciones.
Este lince habita terrenos de monte bajo recubiertos de jaguarzo abiertos pinares con sotobosque constituido por espesas matas de lentisco y montes de alcornoque con jaguarzos, lentiscos, acebuches y arrayanes. Aquí se dedica a la caza del conejo, que es indudablemente su presa básica. Las tácticas que pone en juego durante sus cacerías parecen ser esencialmente dos: la espera y la aproximación cautelosa. En la espera el lince se sienta, muy vertical, después de haber elegido cuidadosamente el lugar, que suele ser un pastizal o un terreno descubierto cercano a los encames de los conejos. Allí permanece inmóvil, girando solamente la cabeza, apenas visible contra el fondo oscuro del matorral por su colorido moteado. Cuando descubre un conejo a alguna distancia, se agacha e inicia un rápido rececho. Durante la marcha el lince se desliza, se diría que repta, con sorprendente rapidez, completamente pegado al suelo, aprovechando la cobertura posible y mirando fijamente al conejo. Cuando llega a una distancia que considera óptima, generalmente menos de cuatro metros, le salta encima y rara vez deja escapar su presa aunque, de ser así, no la persigue o sólo lo hace durante un breve trecho. Mata al conejo siempre con la boca, no con las garras, que sólo emplea para retener al animal al tiempo que muerde profundamente su región cervical.
Otras presas habituales en la marisma son los patos, a los que se le ha visto cazar en cuatro o cinco ocasiones, lo que demuestra que nuestro lince no sólo no rehuye el agua sino que incluso es un buen nadador. Por el contrario, sólo muy ocasionalmente caza perdices, a pesar de que éstas abundan en Doñana en los mismos biotopos que el lince. Tan sólo atrapa alguna en el aire, saltando como un león rampante cuando el bando pasa en vuelo bajo; esto nos da una idea más de su extraordinaria agilidad.
Muy rara vez, alguna cría de ciervo o de gamo, de los cientos que nacen todos los años en la,. marisma, alguna vieja cierva o hasta algún venado de mermadas facultades físicas sucumbe entre las garras y colmillos del lince, que a veces es auxiliado por su pareja. A estas presas tan grandes las mata por asfixia, colgándose de su garganta y cerrando las mandíbulas hasta conseguir ahogar al animal. Se comprende inmediatamente que este desproporcionado combate no puede ser habitual, ya que para conseguir un kilo escaso de carne de la base del cuello, que es lo que devora el lince de estas presas, le resulta mucho más fácil y menos arriesgado cazar piezas pequeñas que le proporcionan la misma cantidad de alimento con un esfuerzo mínimo. y es que el lince jamás se alimenta de animales que no hayan iido muertos por él, y, al revés que la inmensa mayoría de los felinos, tampoco regresa para acabar los restos de sus víctimas.
Es curioso resaltar el hecho de que nuestro lince, al parecer, nunca devora sus presas en el lugar de la captura, transportándolas en la boca si son pequeñas o arrastrándolas si son demasiado grandes. Así, según los guardas de Doñana, un joven ciervo fue arrastrado a ciento cuarenta metros de distancia, y un conejo fue transportado durante más de un kilómetro, llevando el lince la cabeza muy alta para que la pieza no se arrastrase por el suelo y moviendo orgullosamente la cola. Llegado al lugar del festín, no come más que ciertas partes de sus presas y entierra los restos cuidadosamente. Para ello escarba con sus patas delanteras la arena, las hojas y las hierbas y recubre los restos, aun cuando esta operación resulta bastante trabajosa al tratarse de presas grandes, que casi siempre quedan parcialmente descubiertas. .
Sobre la actividad anual y diaria del lince en el coto de Doñana
existen numerosos datos que permiten hacerse una idea bastante aproximada del ritmo de vida del gran gato. Al comenzar el año hay un aumento de observaciones, a veces de parejas de adultos, que corresponde a la época de celo, cuando los linces son más activos. Las observaciones escasean desde mediados de febrero hasta principios de mayo, cuando comienzan a verse algunas hembras acompañadas ya por la cría del año.
En el mes de julio se ven ya adultos, jóvenes y crías en número apreciable, y cada vez más frecuentemente en agosto, septiembre, octubre y hasta mediados de noviembre, en que hay un máximo de observaciones, que disminuyen a partir de esta fecha para volver a aumentar en enero, durante la época correspondiente al celo. En cuanto al ritmo de actividad diaria, durante el período estival comienzan a verse los linces por la mañana, tan pronto como la visibilidad lo permite, 10 que significa que son muy activos en esos momentos. Entre las ocho y las nueve hay muchas observaciones que corresponden a linces que retoman a sus encames, en los cuales ya están refugiados prácticamente todos hacia las diez de la mañana. Tras un largo reposo huyendo del tórrido sol del mediodía marismeño, comienzan a verse de nuevo hacia las dieciséis horas y, en gran número, desde las dieciocho treinta hasta el crepúsculo, intervalo al que corresponde el máximo de observaciones estivales.
El régimen invernal es bastante distinto, ya que durante el invierno se puede ver a los linces a cualquier hora del día. Así, hasta las catorce horas se observan numerosos individuos, con un máximo sobre las once, habiendo sido sorprendidos algunos de ellos plácidamente tumbados al sol. La mañana es dedicada también a la caza de conejos, y entre las catorce y las dieciséis horas hay pocas observaciones, aunque siempre alguna. A partir de ahora vuelven a verse en cantidad ya hasta el anochecer, siendo estas horas, al parecer, de activa caza. ~
En Doñana la época principal del celo ocupa, como ya queda indicado, los primeros días del año. Sin embargo, este período debe estar sujeto a grandes variaciones, puesto que en enero se han encontrado algunas crías recién nacidas y en febrero son ya frecuentes. Dado que la gestación dura aproximadamente entre sesenta y setenta días, puede pensarse que algunas hembras entran en celo ya desde principios de noviembre. Machos y hembras, solitarios durante el resto del año, se buscan llamándose con un ronco maullido. Parece ser que las hembras recorren los límites de sus territorios y, atraídas por el olor de las marcas de propiedad de los machos, penetran en sus dominios para vivir con ellos durante este período. Después se retiran a los lugares más seguros de sus propios territorios. Unos dos meses más tarde, en algún tronco hueco, en una simple cama entre el monte más tupido, en alguna madriguera de tejón e incluso en algún viejo nido de cigŁeña o de una gran ave de presa, traen al mundo de uno a cuatro cachorros, dos en la mayoría de los casos, que nacen con los ojos cerrados y completamente desvalidos. A los nueve o diez días los pequeños abren los ojos. Se desarrollan muy lentamente, no comenzando a salir del cubil hasta casi los dos meses de, edad y sólo durante poco tiempo. Aproximadamente a los tres meses se aventuran ya algo más lejos, acompañando a la madre en sus excursiones y comenzando así el adiestramiento en la caza. Permanecen todo el año bajo la tutela materna, disolviéndose la familia al entrar la madre nuevamente en celo. Ahora comienza una existencia dura para los jóvenes, que tienen que vivir de forma errática, expulsados de todas partes por los adultos, hasta que encuentran un territorio libre en el que establecerse, siendo ya capaces de reproducirse en su segundo año de vida.
Las últimas conclusiones del Dr. Valverde, director de la Estación Biológica de Doñana, respecto a la territorialidad de los linces marismeños tienden a la sospecha de que sus territorios se solapan ampliamente
y no resulta raro ver a más de un adulto en cualquier época del año en cualquiera de los feudos conocidos. En este sentido su conducta se asemejaría a la de leopardos e incluso guepardos, habituales exploradores de territorios ajenos y poco rígidos en inviolabilidad de fronteras. Es preciso hacer constar, sin embargo, que la abundancia o escasez de presas afecta considerablemente el comportamiento territorial de los predadores, y el monte bajo de Doñana, donde la caza está terminantemente prohibida, debe ser un paraíso para los felinos.

Pinturas de lince iberico

 

lince iberico

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• Oleo sobre lienzo 35 x 43 cms de Manuel Sosa © 1998

Pintura de Lince iberico de Manuel Sosa


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Inéditas Observaciones sobre los linces ibericos de una sierra central

Los únicos datos de interés científico recogidos en campo sobre el lince mediterráneo se circunscriben a las observaciones realizadas en la eserva de Doñana que acabamos de exponer en síntesis. Resultaría fragmentario nuestro estudio, por ser muy peculiares las características ecológicas del coto marismeño, si no lo completáramos con una leve panorámica obre los últimos linces de la región central. Y el único estudio
objetivo, serio y de enorme valor, por haberse llevado a cabo sobre el terreno, es el del joven naturalista de campo Jesús Garzón Heydt, que se hace público en estas páginas por primera vez.
En las sierras centrales, el lince habita en comarcas solitarias y bravías, de difícil acceso, con laderas cubiertas de intrincada vegetación constituida principalmente por espesos matorrales de brezo, jara, retama
y abundantes encinas y alcornoques. Condición indispensable para su existencia en estos terrenos es la abundancia de conejos, que en España, y con la única excepción quizá de ciertas zonas pirenaicas, constituyen desde luego la alimentación básica de este felino.
La disminución drástica de los conejos a causa de la epidemia de mixomatosis ha ocasionado graves trastornos a la población de linces, que se han visto obligados a ampliar sus territorios en búsqueda de las
presas que antes abundaban por doquier. Esto se ve confirmado porque precisamente cuando la epidemia del conejo alcanzaba su máximo gravedad y virulencia, aumentó también el número de observaciones y capturas de linces incluso en zonas donde se desconocía su existencia. Enç la actualidad los conejos parecen estar a punto de superar la enfermedad y, por tanto, las penalidades alimenticias del lince comienzan a ceder, pero no por ello se debe pensar que el futuro de esta hermosa especie está garantizado en las sierras españolas. Otro peligro mucho más grave amenaza ahora al mayor felino de nuestra fauna: la repoblación forestal. En efecto, los solitarios montes donde hasta ahora ha habitado el lince se han visto invadidos por brigadas de obreros que, auxiliados en muchos casos por moderna maquinaria, han descuajado las más recónditas espesuras: jarales, retamas y carrascas han ido sucumbiendo para dejar paso a peladas laderas sembradas de pinos. Los linces, expulsados de sus refugios cuando no abrasados en los incendios provocados para acabar más rápidamente con la maleza, han sido exterminados o han tenido que sobrevivir precariamente mientras el monte se recuperaba y volvía a crecer lentamente, ahora ya junto con los pequeños pinos. Podría pensarse que, con ello, el mayor peligro para la especie hubiese pasado, puesto que el monte les brinda de nuevo su protección y los conejos vuelven a abundar, asegurándoles el imprescindible alimento. Se trata, sin embargo, de una tregua muy pasajera, pues tan pronto los pinos han crecido lo suficiente llegan otra vez los obreros y de nuevo el monte es arrancado de cuajo: una moderna política forestal no puede consentir bosques con malezas. Éstas ya nunca volverán a brotar, pues los pinos proyectan una sombra tan tupida que no deja crecer la más mínima vegetación. Lo que antes fueron manchas impenetrables de brezos, jaras, madroñeras y retamas queda así convertido en un terreno seco y resbaladizo por la gran cantidad de agujas de pino acumuladas. De estos lóbregos pinares desaparecen los conejos, puesto que carecen de cualquier otro tipo de alimento que no sea resecas agujas, pero para el lince eso ya no tiene importancia, pues mucho antes dejó de existir.
En muchas zonas esta situación se podría remediar tan sólo con respetar, alternando con el pinar, partes del monte original, conservando robles, encinas y alcornoques entre los pinos. Esta comunidad vegetal, además de permitir sobrevivir a la caza y con ello al lince, serviría de refugio a multitud de aves insectívoras, único modo eficaz de controlar plagas de efectos devastadores en las grandes masas forestales.
En el plano adjunto, que corresponde a una agreste sierra de Extremadura, está representada la zona que el naturalista ha estudiado con más detalle, una extensión de aproximadamente cuatro mil hectáreas. Ha esquematizado los territorios de la docena de linces cuyas andanzas ha podido seguir más de cerca, basándose para establecerlos en la multitud de huellas, deyecciones y otros rastros que en sus largos años de correrías por la zona ha ido encontrando sobre el terreno, así como un buen número de observaciones directas. Según esto; los territorios tienen unas trescientas hectáreas de extensión, con grandes variaciones individuales según el terreno en que estén establecidos. Si nos fijamos en el plano, vemos inmediatamente que cada territorio reúne tres condiciones indispensables sin las cuales el lince no puede sobrevivir: 1) Buenos cobijos que le permitan ponerse a salvo de sus enemigos y de las inclemencias del tiempo; 2) abrevaderos propios, y 3) un cazadero, zona rica en conejos y otras presas, en buenas condiciones para que el lince pueda poner en juego con éxito su estrategia cazadora.
Los cobijos consisten principalmente en grandes peñascales desnudos o con algún roble añoso aislado, helechos y grandes retamas (territorios A, D, G, H, 1 Y J); grandes espesuras de monte cerrado, constituido básicamente por espesas madroñeras, retamas y zarzales (territorios C, K y L) Y bosques muy tupidos de roble (territorio F) o de pino (territorios B y E), con abundante sotobosque de brezo, retama y jaguarzo.
Condición importantísima es que el territorio disponga de buenos aguaderos, pues, según ha podido observar Garz6n Heydt, el lince visita los abrevaderos diariamente. Éstos suelen ser alguno de los abundantes arroyos que discurren por esta sierra o bien ciertas fuentes que permanecen caudalosas aun durante los más pertinaces estiajes.
Esto queda bien patente con las observaciones hechas en la fuente del territorio L, que, en verano, al ser el único abrevadero de la zona, es visitado todas las noches por los linces, que dejan impresas sus huellas en la arena de las márgenes. A fmales de agosto acudían a beber regularmente un adulto y dos cachorros del año, de lo que se deduce que en estos terrenos domina una vieja hembra.
La parte más importante del territorio está ocupada por el cazadero, yen realidad la riqueza de éste, es decir, la mayor o menor abundancia de presas, determina la extensi6n total del territorio.
En años de escasez de presas, los linces amplían sus' dominios desplazando a otros congéneres más débiles o expulsándolos de sus alrededores. Estos individuos se ven entonces obligados a buscar nuevos territorios y, al ser ya escasas las ronas donde se pueden establecer, es fácil que mueran, bien por falta de alimento u obligados a huir continuamente por no encontrar cobijos adecuados. Sin embargo, ocurre a veces que estos linces desplazados, tras una temporada más o menos larga de penalidades, llegan a una zona donde no existe la especie, y así se constituyen nuevos enclaves en lugares donde los linces habían desaparecido desde hacía tiempo.
En esta parte de la sierra que estamos tratando, los cazaderos
suelen ser terrenos no demasiado quebrados y cubiertos de espeso monte de brezo, jara y retama principalmente, alternando en algunas zonas con bosquetes de roble y algunas encinas. Aquí se dedican a la caza del conejo, pero también capturan ratones de campo, topillos, lirones y, con cierta frecuencia, atacan y matan hasta algún poderoso jabalí. Es ésta una presa que según los datos existentes no es nada habitual en nuestro lince, pues nunca había sido citada en la multitud de observaciones e informes que sobre él existen. Sin embargo, Garz6n Heydt ha encontrado restos en cualquier época del año, lo que demuestra que al menos un viejo macho, el que ocupa el territorio K del plano, da caza regularmente a estos ungulados, y no s610 a los pequeños rayones sino también a ya respetables jabatos de unos veinte a treinta kilos de peso. Los jabalíes son en esta sierra y desde la desaparici6n del lobo, único enemigo natural con que contaban, extremadamente abundantes. Los daños que ocasionan en los cultivos son considerables y las batidas que contra ellos se organizan son muy poco fructíferas debido a lo impenetrable de aquellos montes. Es posible que el lince, azuzado por el hambre cuando la mixomatosis casi acab6 con el conejo, osase atacar a estas robustas presas que pululan bajo las madroñeras de su feudo y, tras algún acecho afortunado, se especializase en la caza de los abundantes jabatos que, de otra forma, llegarían a abundar de tal modo que constituirían un serio problema para las modestas fincas de los lugareños.
En las sierras centrales, la época de reproducci6n es al menos un mes más tarde que en las marismas. Linces en celo han sido observados a mediados de febrero, y se encontraron crías recién nacidas a principios del mes de mayo. De las camadas conocidas, dos de ellas, con dos y tres cachorros respectivamente, estaban guarecidas entre grandes peñascos de la cumbre, y una tercera con dos crías fue encontrada bajo una espesa madroñera.
Según el relato de un viejo guarda, gran conocedor del lince, hace tiempo había cobrado durante la época del celo hasta seis machos en el territorio de una hembra. Naturalmente, esto hay que tomarlo con reservas, como todo lo que dice la gente del campo fiándose únicamente de la m,emoria para retener hechos lejanos, pero indudablemente algo de cierto hay en ello y demuestra que estos felinos no mantienen durante el celo unos rígidos límites territoriales, que, por otra parte, repercutirían en perjuicio de la especie, pues al ser escaso el número de ejemplares, dificultaría
en gran modo el que se encontrasenr individuos capaces de reproducirse.
En la actualidad, una evaluación no pesimista de la población de linces ibéricos adultos es posible que no alcance las ciento cincuenta parejas, repartidas por el bajo Guadalquivir, Sierra Morena, Montes de Toledo y sierras extremeñas, con un reducido núcleo en Portugal y quizf también en las sierras próximas a Tortosa.
Considerando que en España se captura una media anual de, como mínimo, treinta a cincuenta linces, y añadiendo a esto la destrucción de biotopos y el envenenamier!"i:o que se sigue efectuando en la gran mayoría de fincas de caza mayor, el porvenir de la especie más bella y característica de la fauna española se presenta realmente aterrador.
El lince mediterráneo o ibérico (Lynx pardellus) se ha extinguido recientemente en Italia, Sicilia, Cerdeña y el sur de Francia, subsistiendo ya únicamente en escaso número y en precarias condiciones en el Cáucaso, los BaJcanes, sur de los Cárpatos, Grecia, Albania, Macedonia y la península Ibérica. Pinturas de lince

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