Lecciones de pintura de Manuel Sosa

 

perdices y cardos

Perdices y cardos

Oleo sobre tablex 73 x 48 cms. Manuel Sosa © 2001

Cuadros al oleo y acuarelas de Manuel Sosa ilustran este articulo sobre la biologia de la perdiz roja. Pinchando en los botones del techo de esta pagina podras disfrutar de todas sus pinturas de animales y podras adquirir oleos originales y reproducciones sobre tela de los mismos.

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Perdiz roja

El origen de una especie

Hace algunos millones de años, en plena era Terciaria, rústicas perdices, con inequívocas características de pertenecer al orden de las Galliformes, debieron de pasearse por las praderas y bosques de Europa. Sobre ellas comenzaban a pesar ya los rigores de unos inviernos cada vez más fríos y prolon­gados que, año tras año, iban empujándolas hacia latitudes más meridionales. Este progresivo enfriamiento era el inicio de un largo período de hielo y nieve que acabaría por asolar gran parte de la Europa norteña y central. Se trataba de las glaciaciones que, en los últimos 600.000 años, sometieron a nues­tras tierras a una serie de cambios ecológicos tan profundos que fueron origen de una enorme variación en la distribución y abundancia de muchos animales y plantas.

Durante la larga época glaciar –cada glaciación duró cientos de miles de años– las ralas praderas de Artemisa y Dryas ofrecieron su alimento en medio de unas condiciones excepcio­nalmente duras. Pocos fueron los animales que se adaptaron a esta invasión de frío y nieve y, por ello, la inmensa mayoría de las especies desaparecieron o se vieron obligadas a reple­garse hacia el sur, donde, tras traspasar una orla de coníferas similar a la actual taiga, aparecían bosquetes de robles y hayas parecidos a los que hoy se dan en Centroeuropa. En estos oasis mediterráneos es donde, huyendo del frío, se refugiaron nues­tras primigenias perdices.

perdices y cardos

Perdiz cantando
Oleo sobre tabla.


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Las penínsulas Ibérica e Itálica, los Balcanes, Anatolia, así como Berbería, debieron de constituirse en centros de asen­tamiento de diferentes poblaciones de estas perdices terciarias. En estas zonas, aisladas entre sí, las mencionadas poblaciones evolucionaron según derroteros particulares que dieron origen a las especies de perdices rojas que hoy incluimos dentro del género Alectoris.

Este género comprende a una serie de perdices, fundamen­talmente circunmediterráneas, que se caracterizan por sus pa­tas y picos colorados, la garganta orlada con llamativas plu­mas oscuras, los flancos listados y reducidos espolones en sus patas. De las siete especies de perdices rojas, cuatro se encuen­tran en Europa.

La perdiz moruna (Alectoris barbara), caracterizada por su ancho collar castaño salpicado de blanco y por sus mejillas, garganta y pecho de color gris azulado, vive en Berbería, hasta Cirenaica, así como en Gibraltar, Cerdeña, Tenerife, Gomera y Lanzarote.
La perdiz chukar (Alectoris chukar), de collera totalmente negra, garganta ocrácea y flancos con franjas poco numerosas pero muy marcadas, se distribuye desde los Balcanes y Asia An­terior hasta Mongolia y Manchuria, llegando por el sur hasta el norte de la India.La perdiz griega (Alectoris graeca), de garganta blanca y collera negra, también enteriza, presenta partes dorsales pardo grisáceas y se asienta por los Alpes, Italia, Sicilia y países balcánicos.

Finalmente, la perdiz roja (Alectoris rufa), de garganta blanca, collera negra que se deshace en pequeñas manchas hacia afuera y larga lista blanca superciliar, ocupa la península Ibéri­ca, Francia –al sur del Loira–, parte de Suiza y norte de Italia, además de Córcega. Fue introducida en Baleares, Madeira, Azo­res, Gran Canaria e Inglaterra.

Estas cuatro especies se repartieron el terreno que les era favorable, de forma que no hay ningún tipo de solapamiento en sus áreas de distribución. Este hecho, estudiado por Watson, parece indicar un desplazamiento geográfico que evita la competencia entre las diferentes especies de perdices.

La perdiz roja

La perdiz común o perdiz roja ha sufrido una serie de variaciones o alteraciones morfológicas de tipo regional que ha dado lugar a la aparición de subespecies. Este es un fenómeno común a todas las especies animales que mediante el doble juego de las mutaciones genéticas y de la selección se adaptan permanentemente a las peculiaridades del medio.

Pero a pesar de las ligeras variaciones de tipo racial, fundadas sobre todo en las diferentes intensidades y distribución de la coloración de su plumaje, todas las perdices rojas tienen el denominador común de ser aves rollizas y de algo más de medio metro de envergadura. El dimorfismo sexual, tan acusado en otros fasiánidos, apenas se manifiesta si no es porque la hem­bra es algo menor que el macho.

La morfología de su cuerpo, la disposición de sus patas y su forma de caminar indican que se trata de aves marchadoras. En pequeños grupos recorren afanosamente el terreno rebus­cando las semillas, los frutos o los brotes que, junto con una am­plia gama de insectos y sus larvas, de gusanos y de moluscos, constituyen su alimento.

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— Perdices rojas en retama
Perdiz roja

• Oleo sobre tabla 48 x 122 cms Manuel Sosa © 1996

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Amor y guerra

Las llanuras cerealistas con arbustos y bosquetes, los viñe­dos, las estepas, los terrenos rocosos y difíciles, los matorrales y las montañas crían sin dificultad por encima de los 2.000 metros resultan adecuados para la adaptable perdiz. En todos estos biotopos el canto primaveral de los machos resuena, ya desde febrero, en los campos con unos estruendosos sonidos que recuerdan al ruido de una vieja locomotora de vapor. Estas manifestaciones sonoras proclaman la posesión de un territorio y la necesidad de una hembra con la que emparejarse.

El ornitólogo inglés D. Goodwin se entregó, en la década de 1950, a un minucioso estudio del comportamiento de la perdiz común. Logró describir el complicado comportamiento que desarrollan los machos cuando, a pesar de la intimidación que supo­ne el canto de su propietario, algún individuo foráneo se atreve a penetrar en su territorio. En estos casos ambos machos se aproximan manteniendo la cabeza alta, algo inclinada hacia un lado y un poco estirada hacia atrás. Levantan las plumas que bordean el blanco de la cara y de la garganta presentando lateralmente esta llamativa papada. Las plumas rayadas del flanco próximo al adversario se estiran subiéndose sobre el ala para formar un plano vertical bien visible.

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— Perdices en Septiembre
Perdiz roja

• Oleo sobre tablex 73 x 48 cms. Manuel Sosa © 2000


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El ala del lado opuesto, extendida hacia abajo, puede llegar a tocar el suelo en los momentos de máxima excitación. La curiosa presentación del flanco y la retención del ala en posición plegada se explica en el sentido de que las marcas del flanco son el rasgo principal que debe ser exhibido a toda costa. Con este pintoresco aspecto giran uno alrededor del otro hasta que pasan a una fase activa de lucha, cosa que sólo ocurre cuando alguno de los dos contendientes se siente intimidado por la acción de su adversario. Saltan entonces uno sobre el otro, intentando herirse con los espolones a la vez que se dirigen fuertes picotazos. Pero la lucha rara vez pasa de un simple revolcón, pues apenas uno de los individuos siente que lleva la peor parte de la escaramuza, abandona el campo de batalla.

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— Atardecer con perdices

• Oleo sobre tablex 32”x14” (81 x 36 cms.). Manuel Sosa © 2002

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De esta forma van delimitándose los territorios de los excitados machos mientras que, con su canto, pujan por atraerse alguna compañera. Cuando por fin ésta aparece, tanto el macho como la hembra van a desarrollar un cortejo que, paradójicamente, es similar en sus pautas al de la lucha entre machos. En este caso el proceso culmina en el acoplamiento en vez de con una agresión.

Esta similitud entre ambos comportamientos parece deberse al hecho de que, tanto en la lucha territorial como en la parada nupcial, predomina un impulso de agresión que en un caso es inhibido por el miedo y en el otro por la atracción sexual.

El macho corteja a su pareja atravesándose en su camino o girando alrededor de ella. En otras ocasiones, particularmente si ella aparece después de una corta ausencia, el macho presen­ta una gran excitación y emite un ruidoso ¡kwerrooh! o un ¡000h! ¡000h! precipitándose hacia ella con el plumaje ahuecado y las plumas del cogote erectas.

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— La Siega
Perdices rojas

• Oleo sobre tablex 73 x 48 cms. Manuel Sosa © 2002


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Según las observaciones de Goodwin, refrendadas por otros autores, el macho se encarga de construir el nido. Este suele estar escondido bajo las ramas de un arbusto o en la hierba y no es más que un hueco escarbado en la tierra, escasamente limitado por algunas hojas secas o hierbas. En él, la hembra pondrá de 10 a 16 huevos, llegando a veces a 20 en cautividad se han dado individuos con puesta anual de más de 110 huevos. Estos son blanco amarillentos o rosáceos, manchados de pardo y gris. Miden de 29,5 a 35,5 mm de anchura por 39 a 43 mm de longitud. Su peso es de 20 a 22 g.

En algunos casos se ha constatado que el macho construye un nuevo nido al que acudirá la hembra para realizar otra puesta tan pronto acabe con el primero. De esta forma son dos los nidos a repartir entre ambos progenitores. En estos casos, el macho, al igual que la hembra, se encargará de incubar y de sacar adelante una de las polladas. Goodwin considera que este comportamiento se da normalmente en estado salvaje y que macho y hembra no se diferencian en su cuidado de los pollos, pero por otra parte esto se contradice con los casos comprobados de poligamia. En cualquier caso, éste es un punto relativamente oscuro de la vida de la perdiz, ya que, aunque es un ave popular y muy común, ha sido objeto de muy pocos estudios científicos.

Tras 23 ó 24 días de incubación, nacen los pollos de perdiz, que pesan unos 14 g. Buenos nidífugos, abandonan prontamente el nido a las 24 horas para corretear por el campo en busca de insectos de los que se alimentan en esos primeros días. Presentan entonces un plumón rosado en la cabeza, con pardo salpicado de negro en el dorso y alas y tres rayas amarillas paralelas. La parte inferior amarillenta destaca poco de la garganta blanca. Detrás del ojo presenta una pequeña línea parda. A los 60 días pesan unos 200 g y a los 90 han alcanzado el tamaño de los adultos. Los jóvenes presentan pico y patas de tonos apagados y carecen de collera negra y de ceja y garganta blancas.

perdiz nival

— Perdices nivales
Alto pirineo

• Oleo sobre tabla 70 x 62 cms. Manuel Sosa © 1997

Un grupo de perdices nivales acurrucadas se funden con la nieve en un collado del alto pirineo.
Una oscura roca al fondo es el unico contraste en este cuadro dominado por el blanco.

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Los cuadros y acuarelas de perdiz roja nival y comun son un tema constante
en la pintura de animales de Manuel Sosa
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El código de comunicación sonora entre las perdices ha sido estudiado también por Goodwin y revela la existencia de una gran variedad de sonidos que sirven para mantener la cohesión y favorecer la protección del grupo.

Estos grupos familiares se mantendrán más o menos unidos hasta que el instinto reproductor vaya desarrollándose entre sus individuos. Como aves sedentarias, su radio de acción queda reducido a una zona que no abandonan y donde aguantan las crudezas del invierno, el ataque de los predadores y la terrible presión del hombre y de sus artilugios de caza. Sólo aquellas perdices que viven en las altas montañas pueden verse obligadas a realizar pequeños desplazamientos altitudinales para huir de la nieve del invierno.

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— Patirrojas
Perdices rojas.

• Oleo sobre tablex 73 x 48 cms. Manuel Sosa © 2000

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Los cuadros y oleos de gallináceas han ejercido una gran atracción sobre el hombre. La pintura de la perdiz roja, dentro de la pintura cinegetica no podría ser menos en este sentido, pues su tamaño apreciable, la exquisitez de su carne, su sedentarismo y su querencia por los cultivos humanos fueron razones más que suficientes para hacer de ella una codiciada pieza de cuadros de caza de perdices. Procedimientos rústicos, algunos de los cuales aún son usados furtivamente, debieron de ser empleados para capturarla en épocas pasadas. Se la pudo cazar viva a la carrera, persiguiéndola a pie o a caballo hasta agotarla al tercer o cuarto vuelo. También pudieron usarse lazos, ballestas o ingeniosas trampas construidas con bloques de piedra sujetos inestablemente por un armazón de ramas. Huevos y pollos también debieron de pagar su tributo de muerte a las actividades predadoras de los antiguos campesinos ibéricos. Con la aparición de las armas de fuego surgieron nuevas técnicas de caza.

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— Perdices semilleando
Perdices rojas.

• Oleo sobre tablex 27.1" x 17,7" (69 x 45 cms) Manuel Sosa © 1999

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Pronto se centró la atención sobre nuestra perdiz roja que, con sus arrancadas sonoras y su vuelo fulgurante, se convirtió en una de las piezas clave de la caza menor. Modalidades como la del ojeo, la caza en mano o la alevosa caza con reclamo han sido y son objeto de gran aceptación por parte de los aficionados a los lances cinegéticos. Pero en los últimos tiempos, paralelamente al incremento vertiginoso del número de cazadores, ha surgido todo un proceso de organización de la caza con miras fundamentalmente económicas hacia sí. La pintura cinegetica.

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Los arraigados vínculos sociales de cuadros u oleos de perdices en el arte se manifiestan también a la hora de peligro. En efecto, frente al ataque de cualquier predador, incluido el hombre, generalmente será el macho líder del grupo el que intentará, incluso a costa de su vida, desviar la atención del enemigo
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— Trio de perdices rojas
Perdiz roja

• Oleo sobre tabla 28.2" x 19,2" (69 x 48 cms) Manuel Sosa © 1999

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Esto se ve claro en el caso de la perdiz que viene a costar en muchos de estos cotos entre 500 y 1.000 pesetas, sin contar los derechos de inscripción en la cacería de la perdiz, que nunca bajan de unos miles de euros. Con tan favorables cotizaciones no es raro que se haya protegido y en muchos casos salvado de una clara extinción a muchas especies de animales consideradas como piezas de arte. La pintura de la perdiz roja ha sido uno de estos animales agraciados con un favoritismo a veces tan excesivo que ha ido en perjuicio indudable de la capacidad de supervivencia de la especie. En muchos cotos se ha eliminado a todos los posibles predadores de tan valiosa pieza a balazos, a golpes de cepo o con veneno.

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— Tres perdices rojas
Perdiz roja

• Oleo sobre tablex 26"x 36"(65 x 90 cms) Manuel Sosa © 1998

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En su nombre se han pintado, dentro de los cuadros de caza, miles de acuarelas y oleos de aves rapaces y pequeños y grandes carnívoros. Con ello se ha logrado que los antiguos terrenos donde se criaba una perdiz endurecida por los peligros naturales de la vida se hayan convertido en asépticos y apacibles criaderos. Además, puesto que el rendimiento de los cotos va en función del número de piezas abatidas por temporada, han surgido paralelamente una serie de granjas donde se crían suficientes perdices como para poder realizar una serie de sueltas previas a las grandes cacerías.

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— Perdiz solitaria
Perdiz roja

• Oleo sobre lienzo 26"x 36"(65 x 90 cms) Manuel Sosa © 1998

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Laminas de Naturaleza

 

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Gran parte de la obra de Sosa y sus últimos trabajos está permanentemente abierto al publico en su propia casa y estudio en la Sierra de Madrid. Interesados en ver o adquirir obra de Manuel Sosa lo pueden hacer poniéndose en contacto con el autor a través de su dirección de correo: Escribe al pintor o llamando al teléfono: 625 97 04 06

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